
El 13 de octubre de 2026 la Association of College and Research Libraries, división de la American Library Association, difundió los hallazgos de su encuesta anual sobre bibliotecas universitarias de Estados Unidos[^1], según recoge Universo Abierto. El texto lo firma Gena Parsons-Diamond en ACRL Insider. Un informe más, podría pensar alguien desde Santo Domingo.
Y no. Lo que la ACRL publica cada año tiene una virtud que casi nadie imita en nuestra región: continuidad. La misma institución pregunta lo mismo, al mismo universo, con las mismas definiciones, y lo publica con fecha. Eso convierte el dato aislado en serie, y la serie en capacidad de comparar. La encuesta levanta información sobre personal, gasto, colecciones y servicios, y por eso le sirve igual al rector que arma un presupuesto y al docente que enseña gestión de la información.
Aquí veo una lección de método. La continuidad vale más que la cifra del año. Un corte suelto dice poco. Doce cortes seguidos cuentan una historia que ningún discurso puede discutir.
Ahora la parte incómoda. En América Latina no tenemos un instrumento equivalente y sostenido. Tenemos diagnósticos por país, tesis, estudios puntuales que se citan dos años y envejecen en un cajón. Cada universidad mide con su propia vara, cuando mide. Después nos comparamos con Estados Unidos usando datos que ellos producen y nosotros no.
Ese desbalance no se resuelve con presupuesto. Se resuelve con acuerdo. Un cuestionario corto, con definiciones comunes y una fecha fija de publicación, cuesta menos que una campaña de comunicación y rinde bastante más.
Con el mundo rural pasa lo mismo, tema del que hablábamos ayer en Más bibliotecas rurales, pero con bibliotecarios profesionales: abrimos servicios y no levantamos registro de quién los usa ni con qué resultado. Sin registro no hay evaluación. Y sin evaluación, la política dura lo que dura el funcionario de turno.
En España, el programa Planeta Biblioteca de Radio USAL conversó con Claudia Vaca sobre su libro Inteligencia humana en tiempos de la inteligencia artificial (Universo Abierto). La conversación gira alrededor del pensamiento, el lenguaje y el aprendizaje, que es justo donde tiene que estar.
Mi lectura: el debate sobre la IA en las bibliotecas latinoamericanas se está pareciendo a un coro. Manifiestos, advertencias, la misma conferencia con distinto título. Vaca aporta algo distinto porque devuelve la pregunta al terreno pedagógico, al modo en que se forma el criterio. En términos de oficio, la discusión no se gana instalando un chatbot en la web de la biblioteca, se gana cambiando lo que enseñamos en alfabetización informacionalAlfabetización informacionalConjunto de competencias que permiten reconocer cuándo se necesita información, localizarla, evaluarla con criterio y usarla de forma ética y eficaz. No es un curso de manejo del catálogo, es una capacidad de pensamie.... Mientras sigamos enseñando a buscar y no a evaluar, cualquier herramienta nueva nos va a encontrar igual de frágiles.
Mientras el sector discute modelos de lenguaje, la Biblioteca del Poder Legislativo de Uruguay sostiene Historias por teléfono, un programa de extensión que lleva lecturas a personas que no pueden llegar a la sede, según la entrevista con Erika Velázquez y María José Olivera[^2] (Universo Abierto).
Me parece lo más interesante que he leído del sector este mes. La tecnología es un teléfono. El costo marginal, bajísimo. El vínculo, altísimo. Y ojo con la trampa: llamarlo iniciativa emotiva y archivarlo. Es un servicio de información con usuarios identificados, una necesidad concreta y una huella que se puede contar. Llamadas hechas, personas atendidas, reincidencia, derivaciones a otros servicios.
En menos de una semana arranca el XII Congreso Nacional de Bibliotecas Móviles, en Santiago de Compostela, del 23 al 25 de octubre de 2026. Ahí debería estar el debate que importa: qué cuenta como extensión bibliotecaria y cómo se mide.
Mi propuesta, para no quedarnos otra vez en la queja. Que una asociación nacional de bibliotecarios, una escuela de bibliotecología o una biblioteca nacional convoque un instrumento mínimo anual, de una página, con tres indicadores que cualquier biblioteca pueda reportar sin consultor:
Tres preguntas, una fecha fija, publicación abierta. Con eso, en cinco años tendríamos una serie latinoamericana comparable con la del ACRL y podríamos discutir de igual a igual. Mientras tanto, cada biblioteca puede empezar sola: llevar la cuenta de sus llamadas, de sus horas de formación y de quién vuelve.
Levanta cada año datos de personal, gasto, colecciones y servicios de las bibliotecas universitarias de Estados Unidos. Su valor está en la serie histórica, que permite comparar un año con otro y sostener decisiones con evidencia.
Enlazar esta respuestaPorque cada institución mide con su propia vara y los estudios son puntuales. Un cuestionario corto con definiciones comunes y fecha fija de publicación costaría menos que una campaña de comunicación y produciría series comparables en cinco años.
Enlazar esta respuestaEs un servicio de extensión que lleva lecturas por teléfono a personas que no pueden llegar a la sede. Con bajo costo y tecnología simple, genera vínculo y produce datos medibles de uso y reincidencia.
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