
La desinformaciónDesinformaciónInformación falsa o engañosa difundida, con intención o sin ella, de forma que altera la comprensión pública de un asunto. La biblioteca es una de las pocas instituciones que puede combatirla formando, no censurando. crece. Los estudiantes universitarios en América Latina comparten noticias falsas en redes, replican estadísticas sin fuente y citan artículos que nunca leyeron. Mientras tanto, existe consenso académico en que esto se resuelve con educación sobre información. Pero entre el consenso y lo que pasa en las aulas hay un abismo.
Yo no veo aquí un debate sobre si la ALFINAlfabetización informacionalConjunto de competencias que permiten reconocer cuándo se necesita información, localizarla, evaluarla con criterio y usarla de forma ética y eficaz. No es un curso de manejo del catálogo, es una capacidad de pensamie... importa. Lo veo resuelto. Lo que veo es otra cosa: instituciones que no saben cómo integrarla, profesores que no fueron formados en esto, y bibliotecarios confinados a servicios de referencia mientras el currículo se redacta sin ellos.
Quienes estudian este asunto en la región encuentran un patrón claro: la enseñanza de ALFIN es impartida por profesores que no son investigadores, hay falta de comunicación entre la biblioteca y la universidad, y sobra deficiencia pedagógica en los bibliotecarios para enseñarla. Esto no es un problema de teoría ni de buena voluntad. Es un problema de estructura.
Lo interesante es lo que falta en esa descripción: no dice que los bibliotecarios no sepan, sino que no están en el diseño curricular. No están en la mesa donde se redactan los objetivos de formación. Llegan después, si acaso, cuando el plan de estudios ya está hecho y le piden que "colaboren" con algunos temas.
En las universidades donde he enseñado, esa separación genera resultados predecibles: el docente dicta sesiones sin contexto real sobre búsqueda de información porque cree que eso es ALFIN. El bibliotecario enseña a usar bases de datos a quien ya pasó la asignatura. Ninguno habla con el otro sobre qué necesita realmente el estudiante de medicina, de derecho o de educación para evaluar una fuente en su disciplina.
Aquí viene un nudo que detiene mucho: UNESCO (2020) reconoce que una alternativa para contrarrestar la desinformación es el desarrollo de competencias mediáticas e informacionales, resultado de un proceso de alfabetización mediática e informacional (AMI). Pero la misma fuente acota que aunque los términos se usan como sinónimos, son distintos: la alfabetización es el proceso educativo, las competencias son lo que resulta.
Esto parece un detalle semántico. No lo es. Si una universidad cree que ya cumple por ofrecer un seminario optativo de "búsqueda de información", está confundiendo el proceso con el resultado. La ALFIN no es un taller de dos horas, es el desarrollo progresivo de capacidades para localizar, evaluar, usar y comunicar información a través de todo el currículo. Y la alfabetización mediática agrega: detectar sesgo, reconocer manipulación, entender cómo funciona la desinformación.
Lo que no me convence de los análisis que encuentro es que identifican el problema (falta de integración curricular) pero proponen soluciones genéricas ("involucrar a los bibliotecarios en el diseño curricular") sin precisar qué significa en la práctica: ¿cuándo se involucra? ¿Desde qué punto de poder? ¿El bibliotecario asiste a una reunión de curriculum o participa en decisiones?
Donde la región ha encontrado metodología más concreta es en el enfoque de Detectar, Desmentir y Denunciar como estrategias de fact-checking, alfabetización digital y herramientas colaborativas para enfrentar la desinformación. Esto funciona porque no espera a que el currículo formal cambie. Una mesa de trabajo puede aplicarlo mañana.
Pero aquí la pregunta es dura: ¿eso que funcionó en una universidad o una región se replica? En mi experiencia formando profesionales de la información, las iniciativas lindas mueren porque no están sostenidas en decisión institucional. El proyecto termina cuando se va el entusiasta que lo lideró.
Aquí está mi lectura: el cambio no debe esperar a que todas las universidades rediseñen sus planes. Debe empezar con los bibliotecarios que se forman ahora.
Quien estudia Bibliotecología hoy debe egresar sabiendo:
Igualmente, en las facultades de Educación donde se forman maestros, la ALFIN no puede ser optativa ni electiva. Debe ser competencia obligatoria de cualquier docente, porque nadie mejor que el profesor para anclar esto en su disciplina.
Lo demás (cambios curriculares grandes, reconocimiento institucional) ocurrirá cuando haya suficientes bibliotecarios y maestros demandándolo desde la práctica. Lo que no ocurre solos son los cambios de estructura: eso requiere decisión política universitaria, y eso toca a otros.
Porque está aislada del currículo formal. Se enseña como un servicio adicional, no como parte del plan de estudios. Los bibliotecarios no participan en el diseño curricular, y los docentes carecen de formación para integrarla en sus disciplinas.
Enlazar esta respuestaLa alfabetización es el proceso educativo de aprender a localizar, evaluar y usar información críticamente. Las competencias mediáticas son lo que resulta: la capacidad de detectar desinformación, entender sesgo y comunicar con criterio.
Enlazar esta respuestaEmpieza por documentar cómo tu trabajo mejora el desempeño estudiantil. Diseña módulos integrados a disciplinas específicas, no genéricos. Forma alianzas con docentes que ya ven el problema. El cambio grande llega cuando hay suficiente presión desde adentro.
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